domingo, 2 de diciembre de 2012

Susan Sontag (Sexta Entrega)


SUSAN SONTAG
Sexta Entrega

Susan Sontag en 1972. Foto de Henri Cartier-Bresson.

Modernidad y
 Guerra Santa
Por Susan Sontag

La escritora y líder del movimiento antiglobalización, Susan Sontag, analiza en este texto las raíces y las consecuencias de los ataques terroristas contra las Torres Gemelas y el Pentágono del pasado 11 de septiembre. Sontag condena sin paliativos unos atentados que ella considera que están dirigidos contra la «modernidad» y la «tolerancia» pero, al mismo tiempo, hace una durísima crítica no sólo de la política exterior estadounidense que, en su opinión, desde hace demasiadas décadas se ha impuesto con mo-dos «imperialistas» a una gran parte de la Humanidad, sino también de la forma en la que el presidente George W. Bush, con «maneras propias de un cowboy», ha abordado un conflicto que ella califica de extremadamente «complejo y delicado». El texto que se publica a continuación fue escrito con Las respuestas que Susan Sontag remitió, desde Nueva York, a las preguntas que le había enviado, desde Roma, la periodista Francesca Borrelli, del periódico de izquierdas Il Manifesto.
–¿Podría usted describir el impacto que le causó volver a Nueva York? ¿Qué sintió usted cuando vio las consecuencias del atentado?
–Como es lógico pensar, yo personalmente hubiera preferido estar en Nueva York el 11 de septiembre. Dado que estaba en Berlín, donde había ido por 10 días, mi reacción inicial, con respecto a lo que estaba sucediendo en Estados Unidos se vio, lite-ralmente, dividida en partes.
Yo había decidido pasar toda la tarde de ese martes escribiendo en mi habitación, a las afueras de Berlín, pero me enteré abruptamente de lo que ocurría en Nueva York y Washington aquella mañana por las llamadas telefónicas que me hicieron un par de amigos que estaban uno en la misma Nueva York y otro en Bali. Salí corriendo y conecté el aparato de televisión; me pasé ante la pantalla casi las 48 horas siguientes, viendo principalmente la CNN, antes de volver a mi mesa de trabajo y elaborar una diatriba contra la demagogia, inane y confusa, que el Go-bierno estadounidense y los medios de comu-nicación más importantes estaban difundiendo.
(Este corto texto que se publicó, por primera vez, en The New Yorker y que fue tremendamente criticado aquí, en Estados Unidos; era, desde luego, sólo una primera impresión, aunque, desgraci-adamente, muy exacta). Después, apareció la tristeza y no por etapas más o menos coherentes, como ocurre siempre que a uno se le saca de la realidad y, por consiguiente, se ve privado del contacto con la realidad de las pérdidas. La semana siguiente, de vuelta a Nueva York ya bien entrada la noche, me dirigí desde el aeropuerto Kennedy hasta lo más cerca que pude, en coche, al sitio donde había ocurrido el atentado. Y me pasé una hora caminando por los alrededores de lo que ahora es un humeante, montañoso y maloliente cementerio masivo -de unas seis hectáreas- en la parte sur de Manhattan.
Durante aquellos primeros días después de mi vuelta a Nueva York, la realidad de la devastación y la inmensidad de la pérdida de vidas, me hizo centrarme inicialmente en toda la retórica que había acerca del acontecimiento, aunque luego me pareció lo menos relevante.
Mi consumo de realidades a través de la televisión había bajado hasta su nivel habitual, que es cero. Yo siempre me he negado, cabezonamente, a tener en mi casa un aparato de televisión, aunque, como es lógico, sí que la veo cuando voy de viaje por el extranjero. Cuando estoy en casa, mi principal fuente de noticias diarias es The New York Times y algunos periódicos europeos que leo por medio de Internet. Y el Times, día tras día, ha venido publicando una serie de páginas dedicadas a dar breves biografías, acompañadas de sus respectivas fotos, de muchas personas de entre esos miles que perdieron sus vidas en los aviones secuestrados y en el World Trade Center, incluyendo las de los más de 300 bomberos que subían las escaleras mientras que la gente que trabajaba en las oficinas las bajaba. Entre los muertos no estaban, tan sólo, la gente ambiciosa y bien pagada que trabajaba en las compañías financieras allí radicadas sino, también, gente que se dedicaba a otros trabajos más modestos, como conserjes, oficiales administrativos, y cocineros; más de 70 de ellos, la mayoría negros o hispanos, se encontraban en el Windows of the World, el restaurante que había en el último piso de una de las Torres. Muchas historias y muchas lágrimas. Pasar por alto el dolor sería de bárbaros, como de bárbaros es pensar que estas muertes son diferentes, de alguna manera, de las que se dieron con ocasión de otras atrocidades, desde Srebrenica a Ruanda.
Pero no todo lo que hay que hacer es estar de luto. Y, así, una vuelve al discurso que se desarrolla en torno al acontecimiento y a la realidad que ha cambiado Estados Unidos desde el 11 de septiembre.
(...)–Usted ha dicho que es inapropiada cualquier comparación con Pearl Harbor. Como usted sabe, Gore Vidal, en su último libro, 'La Edad de Oro', sostiene la tesis de que Roosevelt provocó el ataque japonés contra Pearl Harbor para, así, dar lugar a que Estados Unidos entrara en la guerra del lado de los británicos y los franceses. Entonces, tanto la opinión pública americana como el Congreso se oponían a entrar en guerra: Estados Unidos solamente podría hacerlo en caso de que se produjera un ataque. Otros intelectuales americanos se han unido a Gore Vidal y sostienen que América ha estado provocando al mundo islámico durante años y que, en consecuencia, poner en cuestión la política exterior americana es algo inevitable. ¿Cuál es su opinión al respecto?
–Tal como ya he dicho, yo creo que la comparación entre los sucesos del 11 de septiembre y el caso de Pearl Harbor no sólo es improcedente, sino que puede conducir a la confusión. Esa comparación sugiere que tenemos otra nación contra la que luchar. La realidad es que las fuerzas que intentan humillar al poder americano son, más bien, subnacionales y transnacionales. Osama bin Laden es, como mucho, el dirigente de un vasto conglomerado de grupos terroristas. Alguna gente bien informada cree que él es una figura de referencia, más valorado por su dinero y por su carisma que por su talento operativo. Desde este punto de vista, sería un núcleo duro de dirigentes egipcios el que dotaría de cerebro al programa actual de operaciones terroristas, operaciones que podrían tener lugar en muchos países.
Yo he sido una crítica ferviente de mi propio país desde hace casi tanto tiempo como Gore Vidal, aunque espero haberlo hecho con más exactitud que él, y doy por garantizado que la crítica de la política exterior de Estados Unidos es siempre tan deseable como inevitable. Sin embargo, yo no creo que Roosevelt provocara el ataque japonés contra Pearl Harbor. El Gobierno japonés estaba realmente comprometido en la locura de iniciar una guerra contra Estados Unidos. Y, ahora, tampoco creo que América haya provocado al mundo islámico durante tantos años. Estados Unidos se ha comportado de una manera brutal e imperialista en muchos países, pero no está involucrado en ninguna operación general contra lo que podemos llamar «el mundo islámico». Y, pese a lo mucho que deploro la política exterior estadounidense y la presunción imperial y la arrogancia de los americanos lo primero que tengo que poner de manifiesto es que lo que ocurrió el 11 de septiembre fue un crimen espantoso.
Pero, como cualquiera que haya estado en vanguardia frente a estas lamentables y desacreditantes hazañas que Estados Unidos ha llevado a cabo durante décadas, yo me he sentido particularmente ultrajada por hechos como, por ejemplo, el embargo que ha llevado tanto sufrimiento y empobrecimiento al ya de por sí empobrecido y oprimido pueblo de Irak. Pero el punto de vista que detecto entre algunos intelectuales americanos como Vidal, y otros intelectuales bienpensantes en Europa -que Estados Unidos ha llevado el horror sobre sí mismo, que el propio Estados Unidos es culpable de las muertes de esos miles de personas en su propio suelo- no es, repito, no es un punto de vista que yo comparta en absoluto.
Excusar esta atrocidad, de la manera que sea, y cargar las culpas sobre Estados Unidos -incluso aunque haya mucho que reprochar a la conducta americana en el extranjero- me parece moralmente obsceno. El terrorismo es el asesinato de gente inocente. Y, en esta ocasión, lo que ha habido es un asesinato masivo de personas.
Además, yo creo que es un error pensar en el terrorismo -en este terrorismo- como la persecución de reivindicaciones legítimas utilizando medios ilegítimos. Permítame ser más precisa y específica. Aunque mañana se produjera una retirada unilateral de Israel de la franja oeste y de la de Gaza, y al día siguiente se declarara un Estado palestino acompañado por las mayores garantías de ayuda y cooperación por parte de Israel, yo creo que acontecimientos tan deseables no habrían de rebajar un ápice los proyectos actualmente en curso de los terroristas. Los terroristas se recubren a sí mismos con un manto de reivindicaciones legítimas, tal como puntualizaba recientemente Salman Rushdie. La rectificación de los errores cometidos no es su propósito sino, tan sólo, su vergonzoso pretexto.
Lo que intentaban lograr quienes perpetraron la matanza del 11 de septiembre no era la rectificación de todos los agravios que se han cometido contra el pueblo palestino o el sufrimiento de la gente en la mayor parte del mundo musulmán. El ataque es otro. Es un ataque contra la modernidad (la única cultura que hace posible la emancipación de las mujeres) y, sí, contra el capitalismo. Y el mundo moderno, nuestro mundo, ha demostrado ser sumamente vulnerable. Es necesaria una respuesta armada, pero en forma de un conjunto de operaciones contraterroristas selectivas, complejas y cuidadosamente diseñadas. Y la respuesta está plenamente justificada.
(Continúa en archivo adjunto)
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“No sé qué son los intelectuales”
Por Susan Sontag
P: ¿Cree que los intelectuales deben expresar otro punto de vista, concienciar en cierta forma de otra realidad posible?
R: No sé que son los intelectuales, no me interesa el concepto de intelectual. Lo que debe hacer el escritor es decir la verdad. Las generalizaciones no me interesan.
P: Apoyó la intervención en los Balcanes y se opuso a la guerra en Iraq. ¿No es una contradicción?
R: No, porque no se trata de dos posturas distintas. En el caso de Sarajevo me oponía a Milosevich y al genocidio que estaba llevando a cabo. El caso de Iraq es totalmente distinto. Lo que ocurre allí es una invasión y una ocupación.
P: En sus apreciaciones sobre distintos acontecimientos históricos resultaron especial-mente “significativas” las expuestas en el New Yorker sobre el 11 de septiembre...
R: Fui muy atacada por ese artículo, incluso llegué a recibir amenazas de muerte. Llegaron a decir que lo que tenían en común Sadam, Bin Laden y Susan Sontag era que los tres querían la destrucción de América. Simplemente expresaba mi punto de vista sobre lo acontecido
.(Continúa en archivo adjunto)
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El novelista y el razonamiento moral
Por Susan Sontag
¿Cuál es la responsabilidad del escritor?En este testamento literario leído en Ciudad del Cabo el año de su muerte, Susan Sontag (1933-2004) plantea la obligación de reflexionar sobre problemas morales, y militar en favor de principios superiores en las forzosamente imperfectas sociedades que habitamos. Presentamos el último texto inédito de “la dama oscura”, el cual forma parte del libro de próxima aparición Al mismo tiempo, editado por Mondadori.
(...) La verdad es que no importa cuanto se les ocurra decir sobre lo que debe ser un escritor idealmente, siempre hay algo más. Todas estas descripciones nada significan sin ejemplos. Así pues, si se me pidiera el nombre de un escritor vivo que personifique todo lo que puede ser un escritor, pensaría de inmediato en Nadine Gordimer.
Un gran escritor de narrativa crea —por medio de actos de la imaginación, por medio de un lenguaje que parece inevitable, por medio de formas vívidas— un mundo nuevo, un mundo único, individual; y responde a un mundo, que el escritor comparte con otras personas, si bien desconocido o mal conocido por aún más personas, confinadas a sus mundos: llámese a ello historia, sociedad, o lo que convenga.
El amplio conjunto de la obra de Nadine Gordimer, de elocuencia deslumbrante y diversidad extremada, es, sobre todo, un yacimiento de seres humanos en situaciones, de historias activadas por los personajes. Sus libros nos han ofrecido su imaginación, que ya es parte de la imaginación de sus muchos lectores por doquier. En particular, han ofrecido, a los que no somos sudafricanos, un retrato muy, muy amplio de la región del mundo de la que es oriunda y a la cual ha prestado una atención tan rigurosa y responsable.
Su posición ejemplar e influyente en la lucha revolucionaria durante decenios en pro de la justicia y la igualdad en Sudáfrica, su solidaridad natural con las luchas comparables en otros lugares del mundo, ya han sido justamente celebradas. Pocos escritores de primer orden en la actualidad han cumplido con las múltiples tareas éticas válidas al escritor de conciencia y de grandes dotes intelectuales con tanta energía y valentía, sin reservas, como Nadine Gordimer.
Aunque, por supuesto, la tarea más importante del escritor sea escribir bien. (Y seguir escribiendo bien. Sin apagarse ni venderse.) En última instancia —es decir, desde el punto de vista de la literatura—, Nadine Gordimer no representa nada o a nadie más que a sí misma. A ella, y a la noble causa de la literatura.
Que la dedicada activista nunca eclipse a la dedicada servidora de la literatura, a la narradora incomparable.
Escribir es conocer algo. Qué placer depara la lectura de un escritor que conoce mucho. (No es una experiencia habitual últimamente…) La literatura, yo propondría, es conocimiento; si bien es verdad que, aun en su grandeza, es conocimiento imperfecto. Como todo conocimiento.
A pesar de lo cual, aún hoy, incluso hoy, la literatura sigue siendo uno de los principales modos del entendimiento.
Y Nadine Gordimer entiende mucho de la vida privada —de los vínculos familiares, de los afectos familiares, de los poderes de Eros— y de las exigencias contradictorias que las luchas en la arena pública pueden exigir al escritor serio.
En nuestra cultura degradada todos nos incitan a simplificar la realidad, a despreciar el saber. Hay mucha sabiduría en la obra de Nadine Gordimer. Ella ha articulado una visión admirablemente compleja del corazón humano y de las contradicciones inherentes a la literatura y la Historia.
Me honra excepcionalmente rendir homenaje a lo que la obra de Nadine Gordimer ha significado para mí, para todos, por la lucidez y pasión y elocuencia y fidelidad a la idea de la responsabilidad del escritor ante la literatura y la sociedad.
Con literatura quiero decir literatura en sentido normativo, el sentido en que encarna y salvaguarda pautas exigentes. Por sociedad quiero decir asimismo sociedad en sentido normativo; lo cual indica que un gran narrador, al escribir con veracidad sobre la sociedad en que él o ella vive, no puede sino evocar (aunque sólo sea por su ausencia) los principios superiores de justicia y veracidad en favor de los cuales tenemos el derecho (algunos dirían que el deber) de militar en las forzosamente imperfectas sociedades en que vivimos. Tengo, evidentemente, al escritor de novelas, relatos y obras de teatro por un agente moral. En efecto, este concepto del escritor es uno de los muchos vínculos entre la idea de la literatura de Nadine Gordimer y la mía. Desde mi punto de vista, y me parece que desde el suyo, un narrador que se adhiere a la literatura es, por necesidad, alguien que reflexiona sobre problemas morales: sobre lo justo y lo injusto, lo mejor y lo peor, lo repugnante y admirable, lo lamentable y lo que inspira alegría y beneplácito. Ello no implica moralización en sentido directo o rudimentario alguno. Los narradores serios reflexionan sobre los problemas morales de un modo práctico. Relatan historias. Narran. Evocan una común humanidad con la que podemos identificarnos, si bien las vidas pueden ser distantes de la propia. Estimulan nuestra imaginación. Las historias que cuentan amplían y complican —y por ende, mejoran— nuestras simpatías. Educan nuestra facultad de juicio moral.
(Continúa en archivo adjunto)
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Todas Lecciones de un Maestro
(Carta a Borges)

12 de junio de 1996.
Querido Borges:
Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. (Borges, son diez años.) Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura, y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores... así como el más artístico. También tenía algo que ver con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo bastante prolongado, perfeccionó las prácticas de fastidio e indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental hacia otras eras. Tenía un sentido del tiempo diferente al de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían banales bajo su mirada. A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como "el presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado". Eso, por supuesto, formaba parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores.
Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia. Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo... y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte usted dijo que un escritor -delicadamente agregó: todas las personas- debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)
(Continúa en archivo adjunto)
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Perpetuo:
Vigencia de Victor Serge
Por Susan Sontag
(Tercera Parte y Final)
La narrativa, para Serge, es la verdad, la verdad de la trascendencia propia, la obligación de dar voz a los enmudecidos o a los silenciados. Desdeñaba las novelas acerca de la vida privada, particularmente las novelas autobiográficas. "La existencia de los individuos no tenía interés para mí, sobre todo la mía", sostiene en sus Memorias. En una entrada de sus diarios (marzo de 1944), Serge explica el amplio alcance de la idea de la verdad narrativa:
Quizás la fuente más profunda es la sensación de que la vida maravillosa está pasando, volando, escapándose inexorablemente, y el deseo de atraparla en pleno vuelo. Fue este sentimiento desesperado lo que me llevó, como a los dieciséis años, a advertir un instante precioso que me hizo descubrir que la existencia (humana, "divina") es memoria. Después, con el enriquecimiento de la personalidad, descubrimos sus límites, la pobreza y los grilletes de la identidad, descubrimos que sólo tenemos una vida, una individualidad circunscrita para siempre, pero que incluye muchos destinos posibles, y que [...] convive [...] con otras existencias humanas, con la tierra, con las criaturas, con todo. La escritura entonces se vuelve la búsqueda de una personalidad compuesta, una manera de vivir destinos diversos, de penetrar en los demás, de comunicarnos con ellos [...] de evadirnos de los límites habituales de la identidad [...] (Sin duda hay otro tipo de escritores, individualistas, que sólo buscan su propia afirmación y son incapaces de ver el mundo excepto a través de sí mismos.
(...) Asesinar a un tirano es una hazaña que acaso evoca el pasado anarquista de Serge, y Trotski no se equivocaba del todo cuando acusó a Serge de ser más anarquista que marxista. Pero Serge no respaldó nunca la violencia anarquista: sus convicciones libertarias fueron las que, muy pronto, volvieron a Serge anarquista. Su vida militante le procuró una experiencia profunda de la muerte. La experiencia se manifiesta con más penetración en Ciudad ganada y sus pasajes de matanzas orgiásticas por obligación, por necesidad política, si bien la muerte preside todas sus novelas.(...) Pero en la mejor narrativa de Serge —éstas son mucho más que "novelas políticas"— la tragedia de la revolución está situada en un marco más amplio. Serge se dedica a mostrar el carácter ilógico de la historia, de los motivos humanos y del curso de las vidas personales, de las que nunca se puede afirmar que han sido merecidas o inmerecidas.(...) La verdad del novelista —a diferencia de la verdad del historiador— permite la arbitrariedad, el misterio, la falta de voluntad. La verdad de la narrativa se reabastece: pues hay mucho más que política y mucho más que el capricho de los sentimientos humanos. La verdad de la narrativa queda plasmada, como en la mordaz materialidad descriptiva de la gente y los paisajes de Serge. La verdad de la narrativa muestra aquello para lo que nunca se hallará consuelo y lo desplaza con una disposición curativa ante la totalidad de lo finito y cósmico. (Continúa en archivo adjunto)
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EL ARTISTA COMO SUFRIDOR EJEMPLAR
Por Susan Sontag
(...) Recientemente se ha publicado en Inglaterra el diario de Pavese, El oficio de vivir, correspondiente a los años 1935 a 1950, cuando, a los cuarenta y dos de su edad, se suicidó. Puede leerse sin un conocimiento previo de las novelas de Pavese, como ejemplo de un género literario moderno por excelencia: el «diario», las «notas» o los «carnets» del escritor.
¿Por qué leemos un diario de escritor? ¿Porque ilumina sus libros? Con frecuencia, no. Más probablemente, porque el diario es material bruto, aun cuando haya sido escrito con miras a una futura publicación. En él, leemos al escritor en primera persona; nos encontramos con un ego desprovisto de las máscaras del ego de las obras del autor. Ningún grado de intimidad en una novela podrá suplirlo, aunque el autor escriba en primera persona o utilice una tercera persona que, transparentemente, le señale. La mayor parte de las novelas de Pavese, incluidas las cuatro traducidas al inglés, están narradas en primera persona. Sin embargo, sabemos que el «yo» de las novelas de Pavese no se identifica con Pavese mismo, como tampoco el «Marcel» que cuenta En busca del tiempo perdido se identifica con Proust, ni el «K» de El proceso y El castillo con el mismo Kafka. No quedamos satisfechos. El público moderno exige la desnudez del autor, como las épocas de fe religiosa exigían el sacrificio humano.
El diario nos presenta el taller del alma del escritor. ¿Y por qué nos interesa el alma del escritor? No porque nos interese el escritor en sí. Sino por la insaciable preocupación moderna por la psicología, el último y más poderoso legado de la tradición cristiana de introspección, abierta por San Pablo y San Agustín, que al descubrimiento del yo asimila el descubrimiento del yo que sufre. Para la conciencia moderna, el artista (que reemplaza al santo) es el sufridor ejemplar. Y entre los artistas, el escritor, el hombre de palabras, es la persona a quien consideramos más capaz de expresar su sufrimiento.
El escritor es el sufridor ejemplar, no sólo porque haya alcanzado el nivel de sufrimiento más profundo, sino porque ha encontrado una manera profesional de sublimar (en el sentido literal de sublimar, no en el freudiano) su sufrimiento. Como hombre, sufre; como escritor, transforma su sufrimiento en arte. El escritor es el hombre que descubre el uso del sufrimiento en la economía del arte, como los santos descubrieron la utilidad y la necesidad de sufrir en la economía de la salvación.
(Continúa en archivo adjunto)
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Diálogo entre una descendiente
de Noé y un pájaro

Por Susan Sontag
(...) –Vaya, ¡te has retrasado!
–Lo siento. Me lo estaba pasando bien.
–¿Y qué más?
–Estaba buscando buenas noticias.
–¿Y?
–Pues bien, siempre hay alguna buena noticia, si eso es lo que quieres saber. Te ruego que no creas que disfruto con tu preocupación.
–Vamos, preocúpame.
–Nada parece estar marchando muy bien allá. Vi cosas muy perturbadoras.
–Estoy segura de que te desviaste para encontrarlas.
–No hizo falta ir muy lejos.
–Quizás no te parezcan bien a ti. Quizás mi punto de vista es distinto.
–Muy bien, prueba tú. Traigo algunas fotos.
–Vaya, fotos. ¡Qué bien!
–Míralas.
–¡Dios mío, es la luna! Las aguas retrocedieron y recalamos en la luna. Alabado sea el Señor.
–No, es el desierto.
–Ah. Mira, éstas son magníficas.
–Gracias.
–Me parece muy hermoso. Estos dorados, rosados y castaños. Y el cielo. Y la luz. No veo que haya nada malo.
–Bien, no se trata sólo de mirar. Tienes que saber lo que ha estado sucediendo. Hay un cuento que acompaña las fotos. Cuando conoces el cuento, las fotos cobran otro sentido.
–Ya sé, ahora me vas a venir con lo de la maldad humana. Ya me sé la historia. Por eso hubo un diluvio.
–No, no quiero contarte algo tan general. Más bien quiero hablar de la pasividad. Y del poder. Quizás adviertas que no hay gente en las fotos. Pues esto es lo que ha hecho la gente.
–De igual modo, me parece hermoso. ¿No puedes ver el friso sutil de las ruinas a lo lejos, casi del mismo color de la arena?
–A veces, cuando las cosas son destruidas, parecen hermosas.
–¿Más hermosas?
–A veces.
–¿Y cómo lo sabes?
–Debes aprender a interpretar las señales.
–No, puro graznido.
–Graznido humano, te lo aseguro.
–¿Hay mucha gente que conoce esta historia?
–Sí. Mucha. La cuestión no está en saber sino en preocuparse.
–Pero debes aceptar que preocupaciones sobran. No puedes preocuparte por todo.
–Creo que esto debería preocuparte.
–Pero el mundo es un lugar muy amplio, ¿no es así? Quiero decir, hay mucho espacio. ¿Realmente importa lo que sucede en unos cuantos lugares? ¿Si unos lugares se estropean, arruinan o profanan? Siempre hay espacio para continuar. ¿Si se le prende fuego a unas bibliotecas llenas de libros y manuscritos viejos, si se saquean unos cuantos museos? Al mundo le sobran más cosas viejas, si eso es lo que te gusta ver.
–Debes de ser de Estados Unidos.
–¿Cómo?
–No importa.
(Continúa en archivo adjunto)
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W. G. Sebald:
El viajero y su lamento
Por Susan Sontag
W. G. Sebald, nacido en un poblado alemán en 1944, es uno de esos raros escritores que han convertido al viaje en motivo de grandeza y encanto. Este ensayo traza su perfil literario y se conmueve ante el lenguaje de sus obras, un fluir maravilloso, delicado y denso. Susan Sontag interroga a tres de las novelas de Sebald hasta dar con un proyecto que retrocede ante las devastaciones de la modernidad y medita en torno a los secretos de vidas oscuras. Ofrecemos también una muestra del trabajo de Sebald, sin más ambición que el gusto por la buena literatura.
¿Es todavía posible la grandeza literaria? Ante la decadencia implacable de la ambición literaria, la convergente ascensión del desgano, la verborrea y la crueldad insensible como asuntos normativos de la ficción, ¿qué sería en la actualidad un proyecto literario centrado en la nobleza? La obra de W. G. Sebald es una de las pocas respuestas disponibles a los lectores del idioma inglés.
Vértigo, la tercera novela de Sebald traducida al inglés, fue el punto de partida. Apareció en alemán en 1990, cuando su autor tenía 46 años; tres años después vino Los emigrantes; dos años más tarde Los anillos de Saturno. Cuando Los emigrantes se tradujo al inglés en 1996, la aclamación lindó con la reverencia. Ahí estaba un escritor magistral, maduro, inclusive otoñal en su persona y en sus temas, que había logrado un libro tan extraño como irrefutable. Su lenguaje era maravilloso: delicado, denso, inmerso en la materia de las cosas; y aunque de esto hubiera amplios antecedentes en lengua inglesa, lo que resultaba ajeno y a la vez más persuasivo era la autoridad extraordinaria de la voz de Sebald: su gravedad, sinuosidad, precisión, su libertad frente a toda cohibición debilitadora o toda ironía gratuita. (Continúa en archivo adjuntado)

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