domingo, 2 de diciembre de 2012

Susan Sontag (Cuarta Entrega)


SUSAN SONTAG
Cuarta Entrega

Susan Sontag en 1972. Foto de Henri Cartier-Bresson.
Veinte arbitrarias razones
para leer a Susan Sontag
Por Héctor de Mauleón
1. Porque de niña consideró que su infancia era una tremenda pérdida de tiempo.
2. Porque a la edad de seis años, al advertir en Miami un banco con un cartel que rezaba “Sólo para blancos”, le dijo a su sirvienta negra: “Yo me siento aquí, y tú en mis rodillas”.
3. Porque dudó de una cultura que llenaba las ciudades del mundo con turistas dotados de cámaras fotográficas: turistas que, al no saber cómo reaccionar ante las cosas notables que encontraban, “tomaban fotografías, limitaban la experiencia a la búsqueda de lo fotogénico para convertir la experiencia sólo en una imagen, en un souvenir”.
4. Porque las declaraciones recogidas en los diarios el día de su muerte revelan que Sontag es ya la fotografía captada por esos turistas de la historia: mucho antes de que las metáforas militares del cáncer (“la batalla en contra...”, “la invasión”, “el bombardeo”) la extinguieran en una clínica de Nueva York, la escritora se había convertido en icono, es decir, en souvenir: un artículo suntuario de la cultura occidental, “algo más conocido como ‘nombre’ que como una autora a la que se hubiera leído” —según afirman sus biógrafos.
5. Porque en Gremlins 2, la película que Joe Dante dirigió en 1990, el líder los Gremlins, con bata, gazné y pipa larga, dice en una entrevista televisada: “Lo que nosotros queremos es civilización”. Y cuando el entrevistador le pregunta: “¿Qué entiende usted por civilización?”, el Gremlin responde: “La Convención de Génova, música de cámara... y Susan Sontag”.
6. Porque el homenaje en Gremlins 2 resume el papel que la escritora jugó en la vida cultural estadounidense durante los 41 años que duró su visibilidad.
7. Porque, incluida en la lista de los cincuenta Grandes Norteamericanos Vivos; ubicada por la revista Life en el número 61 de las “Mujeres que conmocionaron al mundo”; autora de unas Notas sobre lo camp que fueron colocadas en el puesto 72 entre los cien Mejores Trabajos Periodísticos de Norteamérica; creadora de un ensayo (La enfermedad y sus metáforas) que la Asociación Literaria Nacional de Mujeres consideró uno de los 75 libros escritos por “mujeres cuyas palabras han cambiado al mundo”, Sontag se reía de un país que, entre otras cosas, enlistaba los méritos de sus ciudadanos como única forma de comprenderlos (aunque gozaba muchísimo con esas listas y cuidaba el puntaje en que su nombre había sido escrito).
8. Porque la leyenda dice que ella formuló una estética que salvó “para siempre” las diferencias entre la alta cultura y los fenómenos de masas, pero no explica la manera incontestable en la que libros como Contra la interpretación y Estilos radicales suelen sintetizar, en un solo párrafo irritante, los materiales más diversos.
9. Por la frase inicial de sus Notas sobre lo camp: “Muchas cosas en el mundo carecen de nombre, y hay muchas cosas que, aun cuando posean nombre, nunca han sido descritas”.
10. Porque reveló a la cultura norteamericana, bajo una luz inédita, la naturaleza de sus objetos culturales y le demostró que “el intelecto puede hallarse en todas partes (menos en la Casa Blanca)”.
11. Porque aprovechó su influencia en una de las editoriales estadounidenses más importantes (Farrar, Straus & Giroux) para que escritores como Walter Benjamin, Elias Canetti, Robert Walser y Roland Barthes fueran conocidos más rápidamente fuera de Europa.
12. Para averiguar por qué el crítico Elliot Freemont-Smith, de The New York Times, se quejó de esa jovencita que “no entró de puntillas en el panorama intelectual, ni adoptó una actitud dubitativa y modesta y surgió de la nada como si fuera la protagonista de un desfile de serpentinas [...] y en lugar de verse anunciada, fue proclamada”.
13. Porque recomendó desprecio a los valores mercenarios de la literatura, aversión al uso instrumental de los escritores, cautela ante “el filisteísmo cultural que se encubre con la aplicación de valores democráticos en materia literaria”, desconfianza permanente ante toda afirmación nacionalista y toda lealtad tribal y eterno antagonismo contra las fuerzas represivas y de la censura.
14. Porque enarboló todas las banderas de lucha de su generación y de ese modo refrendó el papel del intelectual como figura pública, y porque de ese modo, también, cometió los excesos que sus críticos no han perdonado: el elogio a la “democracia” construida por Castro o la bucolización de Vietnam del Norte, entre muchos otros.
15. Porque frente al genocidio a cuchillo en Ruanda afirmó que la literatura es totalmente secundaria, y lo afirmó de este modo: “Ni me interesa Hazlitt, ni Burke, ni Bataille, ni Baudelaire, ni el malditismo, ni lo demoníaco, ni nada de eso. ¿Sabe lo que me interesa? Me interesa Ruanda”.
16. Porque consideró que el ataque contra las Torres Gemelas, más que la rectificación de todos los agravios contra el pueblo palestino, era también un ataque contra la modernidad, contra “la única cultura que hace posible la emancipación de las mujeres”.
17. Porque al hacer una lectura desoladora de las imágenes de los prisioneros iraquíes torturados y fotografiados por sonrientes soldados estadounidenses, afirmó: “Las fotografías somos nosotros”.
18. Porque señaló que el horror mostrado en esas fotografías no podía aislarse del horror del acto de fotografiarlo.
19. Porque no tuvo empacho en cometer la secreta venganza de llamar al mandatario estadounidense: “el asesino en serie de Texas”.
20. Porque, aunque en una de sus últimas entrevistas dijo haber dedicado su vida a criticar al gobierno de su país, y anheló haberlo hecho con más tino que su colega el escritor Gore Vidal, Gore Vidal acaso se sentirá de ese modo menos solo.
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Por una sontaguisación de la cultura
Por Hernán Schell
(...) Es de esperar entonces que esta concepción estática y dogmática de la cultura haga de la misma algo que se asocie a lo elitista y lo tedioso, siempre pasará esto si aquellos que promocionan la cultura deciden hablarnos no como partícipes del universo cultural tal como lo haría Sontag como sino profesores esquemáticos de escuela que vienen a decirle a unos pocos que hacer con su agenda de fin de semana o como gastar en libros.
Si hay algo que evidencia un libro como Cuestión... es que la cultura es algo infinitamente más apasionante que esto, algo mucho más pluralista y divertido, algo que no debería ser minoritario sino, por el contrario, compartido por la mayor cantidad de gente posible, Cuestión… es el libro de Sontag que evidencia, en suma que hay algo, luminoso, de esperanzador en la forma que Sontag trató la cultura.
No es que la escritora haya querido ignorar el sentido trágico de la existencia, las interminables crisis sociales o las graves situaciones políticas en las que podían estar inmersas tanto su nación como los países extranjeros (son, de hecho, muy conocidas sus valientes declaraciones en contra de la política internacional de su propio país), ni siquiera que haya ignorado que las propias obras que ella criticaba podían ser también reflexiones sobre el mundo extremada y lúcidamente fatalistas, pero también agradecía y rescataba como esteta la belleza formal de las obras que analizaba así como la belleza que podía encontrar en el acto de viajar o en algo tan básico como las relaciones humanas. En esos placeres Sontag encontraba optimismo y sentía un deber casi ético de transmitirlos, no porque los mismos dieran respuestas extraordinarias ni soluciones a conflictos existenciales pero si porque hacían de algo tan difícil de llevar como la existencia, por momentos, algo sumamente agradable. Expresando su placer Sontag hacía que el lector quisiera participar de ese placer, quisiera saber lo que ella y ver lo que ella. (Todo el texto en archivo adjunto)
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Ciudadana Sontag
Por Q2
(...) Su faceta como activista y defensora de los derechos humanos, la llevó a dedicar su último año de vida a criticar férreamente la invasión norteamericana a Irak, convirtiéndola en una de las principales voces de la oposición intelectual a la política estadounidense. (Todo el texto en archivo adjunto)
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Susan Sontag: una interpretación
Por Vicente Molina Foix
(...) Susan Sontag era una enemiga implacable de la complacencia; la persona que yo he conocido más intransigente con lo que estimaba convencional o vacuo, trillado o ya sabido. Esa permanente guardia frente al cliché, su aversión a la cháchara y a las divagaciones, convertía a veces el trato con una mujer por lo demás receptiva, inteligente, amena y hedonista, en un espinoso tour de force. Susan era demoledora, y podía fácilmente resultar agotadora por el volumen de su curiosidad, verdaderamente universal (aunque más atraída siempre por los oscuros de la cultura), y por su espíritu de campaña, en el que aún algunos amigos cercanos o seguidores acérrimos de su obra, entre los que me cuento, encontraban rasgos misioneros, dogmáticos. (Todo el texto en archivo adjunto)
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Pasión por el cine:
Conversación con Susan Sontag
Por Vicente Molina Foix
(...) Pues hablemos de tu cine, entonces. ¿Qué es lo que buscabas cuando empezaste a hacer películas? ¿Fue algo específicamente ajeno a la novela o el ensayo lo que te llevó a la aventura de hacer una película?
No me muevo por un impulso teórico. Mi razón es que amo el cine, y quiero hacer las cosas que amo. Me encantaría tocar muchas formas artísticas, y las dos más cercanas a mí son el cine y la literatura. Espero volver a hacer películas...
Así que al acercarte al cine no estabas buscando una vía complementaria dentro del proceso que supone contar una historia, crear una ficción.
No me muevo según un impulso teórico. Jamás. Sólo tengo el deseo de hacer las cosas que admiro. Soy una persona muy visual y además sucede que me gusta mucho trabajar con actores. También he hecho teatro y es algo muy placentero. Hice cuatro películas; no creo que sean muy buenas. Tienen aspectos buenos, pero no son muy buenas. Esto en parte se debe a que las hice prácticamente sin dinero. Tenía cincuenta mil dólares o algo así. Nada. Si tuviera un millón de dólares, que sigue sin ser gran cosa, podría hacer una buena película. Hice todas estas películas por menos de cien mil dólares. De todos modos, no sabía lo suficiente, y no me preocupaba buscar una forma alternativa de narración. (Toda la entrevista en archivo adjunto)
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Peregrinaje
Por Susan Sontag


(Segunda Parte)
[Continuación del texto donde Susan Sontag narra una visita juvenil hecha a Thomas Mann en 1947, cuando éste vivía con su familia, exiliado, en Pacific Palisades, al sur de California]
(...) Vi la habitación –me parecía inmensa y tenía una gran ventana con una gran vista– antes de darme cuenta de que era él quien estaba sentado detrás de una mesa formidable, adornada y oscura. Katia Mann nos presentó. Aquí están los dos estudiantes, le dijo, mientras se refería a él como el doctor Thomas Mann; él asintió con la cabeza y pronunció algunas palabras de bienvenida. Llevaba puesta una corbata de moño y un traje beige, como en la solapa de “Ensayos de tres décadas”… y ese fue el primer shock, que se pareciera tanto a la fotografía de pose formal. La semejanza parecía sobrenatural, milagrosa. No lo era, pienso ahora, porque simplemente ésta era la primera vez que conocía a alguien de cuya apariencia me había formado una firme idea a través de fotografías. Nunca conocí a nadie que no fingiera con afectación estar distendido. Su parecido con la fotografía se me antojaba una hazaña, como si en ese preciso momento estuviera posando. Pero el retrato de cuerpo entero no me había hecho imaginarlo frágil; no me había hecho ver lo ralo del bigote, la palidez de la piel, las manos moteadas, las venas desagradablemente visibles, la pequeñez y el color ambarino de sus ojos detrás de las gafas. Se sentó muy erguido y parecía muy, muy viejo. De hecho tenía setenta y dos años.  
Oí cerrarse la puerta detrás de nosotros. Thomas Mann nos invitó a sentarnos en las dos sillas de respaldo rígido dispuestas ante la mesa. Encendió un cigarrillo y se reclinó en su asiento. Y ya no nos pudimos echar atrás. (Todo el texto en archivo adjunto)
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Perpetuo: Vigencia de Victor Serge
Por Susan Sontag
(Primera Parte)
(...) En suma, nada hubo, nunca, de triunfal en su vida, en la del eterno estudiante menesteroso y en la del militante en fuga, salvo que se exceptúe el triunfo de su inmenso talento y aplicación de escritor; el triunfo de sus convicciones firmes y su astucia, y por ello su incapacidad para estar en compañía de los fieles, los crédulos cobardes y los meramente ilusionados; el triunfo de la incorruptibilidad así como de la valentía, y por ende el de un sendero solitario y distinto al de los mentirosos, los aduladores y los arribistas; el triunfo, a mediados de los años veinte, de haber tenido razón.
Porque tuvo razón se le ha castigado como narrador. La verdad de la historia deja fuera la verdad de la narrativa, como si estuviésemos obligados a elegir.
¿Será porque su vida estuvo tan saturada del drama histórico que ensombreció su obra? En efecto, algunos de sus más fervientes defensores han afirmado que la mejor obra literaria de Serge fue su propia vida tumultuosa, repleta de peligros, insobornable. (Todo el texto en archivo adjunto)
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Acercamiento a Artaud
Por Susan Sontag
(Segunda Parte)
(...) No sin razón, el lenguaje de Artaud puede parecer vagamente platónico, pues, como Platón, Artaud se acerca al arte desde el punto de vista del moralista. En realidad, no le gusta el teatro -al menos, el teatro tal como se concibe en todo Occidente, al que acusa de no ser suficientemente serio. Su teatro no quiere tener nada que ver con el propósito de ofrecer una «diversión artificial, sin sentido», un mero entretenimiento. El contraste en el meollo de la polémica de Artaud no es entre un teatro meramente literario y un teatro de fuertes sensaciones, sino entre un teatro hedonista y un teatro moralmente riguroso. Lo que Artaud propone es un teatro que bien hubiesen podido aprobar Savonarola o Cromwell. En realidad, El teatro y su doble puede leerse como un indignado ataque al teatro, con un encono que recuerda la Carta a d'Alembert en que Rousseau, enfurecido por el personaje de Alceste en El misántropo -con el que creyó que Moliere estaba ridiculizando sutilmente la sinceridad y la pureza moral como burdo fanatismo-, terminó por argüir que estaba en la naturaleza misma del teatro el ser moralmente superficial. Como Rousseau, Artaud se rebeló contra la baratura moral de la mayor parte del arte. Como Platón, Artaud tenía la sensación de que el arte por lo general miente. Artaud no expulsaría a los artistas de su República, pero sólo admitiría el arte en la medida en que fuera «verdadera acción». El arte debe ser cognoscitivo. «Ninguna imagen me satisface a menos que al mismo tiempo sea conocimiento», ha escrito. El arte debe tener un benéfico efecto espiritual sobre su público, efecto cuyo poder depende, en opinión de Artaud, del repudio de todas las formas de mediación. (Todo el texto en archivo adjunto)
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